Era una mañana fría de Enero, el sol apenas despuntaba por el horizonte. En el bosque se respiraba tranquilidad y apenas se oía el canto de los pájaros. El tenue resplandor de la linterna de Amy se percibía a través del denso follaje. No era más que una niña, perdida en el bosque, sola, sin nadie a quien acudir, sin ningún sitio a dónde ir. Lágrimas recorrían sus mejillas enrojecidas por el frío y la noche a la intemperie. Una noche más sin dormir. No sabía cuanto tiempo llevaba vagando por entre los matorrales, no sabía hacia dónde se dirigía ni dónde estaba, solo sabía que quería sobrevivir, salir de aquel terrorífico y oscuro bosque y encontrar a su padre.
La luz de la linterna se hizo más débil, las pilas que la alimentaban se estaban gastando tras varias noches de uso continuado. Amy se sintió desvalida, sola, sin destino ni lugar. Aún más sola que antes y además aterrorizada. Un terror sin igual la embargaba cuando pensaba que dentro de unas horas iba a quedarse sin luz. Vagaba con miedo, y ahora con terror. No era bueno para nadie y menos para una niña de diez años. Pero ella estaba resuelta a seguir adelante.
Los pies le dolían, el ácido láctico hacía que sus piernas sintieran el aguijonazo de las agujetas, pero Amy seguía adelante. Seguiría hasta salvarse o morir. Resistiría hasta el fin. Las rodillas despellejadas atestiguaban las duras noches que había tenido que pasar, caminando para no congelarse, sin dormir, sin comer, apenas sin fuerzas, aferrándose a la vida con uñas y dientes, con todo su ser.
Perdida toda esperanza, pero aún así caminando, Amy dio de bruces con un camino abandonado, y a la vuelta de la esquina vio lo que parecía un pueblo precioso. Su salvación. Su deseada, su tanto tiempo deseada salvación, estaba ahí, delante de ella, pero se internó de nuevo en el bosque. Quería recuperar a su padre.
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