Un viento gélido soplaba a traves de las ventanas del abandonado caserón en mitad del bosque de Alameht, apenas se oía más que el gemido que producía el vendaval contra las esquinas de los muros que a duras penas se mantenían en pie. Las piedras, desgastadas y viejas, dejaban entrever la majestuosidad que había poseído el lugar. Pero en aquel ahora sólo era una ruina decrépita y olvidada que ya ni siquiera recordaba tiempos mejores.
Eran tiempos duros en Ardennön, una pequeña isla que en siglos anteriores había sido el centro de poder del Imperio Ardennï . Los ardennianos habían olvidado la grandeza que su pueblo había logrado mediante el Arte, conocida vulgarmente como la guerra.
Si, los pasivos ardennianos de aquellos días, antaño habían sido los más formidables guerreros que el mundo había visto. Luchaban no por placer, sino como un medio para lograr sus más elevados ideales, que por aquellos días eran dictados por el Aerdennüm Imperis, el todopoderoso emperador. En aquellos días de gloría y esplendor los ardennianos eran adoctrinados en lo que ellos llamaban la Historia, que no era otra cosa que lecciones extremadamente duras acerca del Arte, combinadas con Táctica, Diplomacia y Gobierno. Estas eran las cuatro materias que formaban la Historia ardennita y que hacían que los ardennianos fueran temidos y respetados en el resto del mundo civilizado.
Ahora solo quedaba una única persona que conocía la Historia, uno entre muchos que aún conservaba el saber ardennita, pero que pensaba que todo estaba perdido, que Ardennön jamás sería lo que un día fue, ese era el Maestro Fulnnïen. Antaño un gran guerrero, un Artista, como ellos mismos gustaban en llamarse, ahora un pobre granjero, condenado a vivir en un caserón medio en ruinas.
Fulnnïen Äl-Lïnnen creía que todo estaba perdido, pero aún así se levantaba cada día con la esperanza de que los dioses del Pathenor le mostraran el camino y le mandasen un aprendiz, alguien válido para el aprendizaje de la Historia. Como cada mañana se desperezó y tras comer una ración miserable de gachas de avena y zumo de bayas se dispuso a engrasar su imponente armadura de combate.
Era una de las pocas armaduras de la época del Imperio que aún quedaban completas y en buen estado. Eran pasadas de padres a hijos cuando los primeros eran ya demasiado ancianos para practicar el Arte y debían dejar paso a su sucesor. Solo el hijo mejor dotado de la familia era elegido para portar el Ardennür, la armadura de todo Artista, y ese hijo era instruido desde que podía mantenerse en pie y caminar hasta la edad de veinte años en la Historia.
El Ardennür era una armadura completa en la que se prescindía unicamente del yelmo, ya que los Artistas creían que impedia tanto la buena visión como el pensamiento. El de Fulnnïen delataba el alto grado que había poseido en el Echerinnï Imperialis, vulgarmente conocido como la Tropa. Con trazas del color rojo, reservado únicamente para los héroes, y detalles en dorado, propios de los Leginnï o comandantes de un manípulo de cien hombres el Ardennür de Fulnnïen era totalmente impresionante.
Tras poner a punto su Ardennür, Fulnnïen se lo colocó como si fuera a partir a la guerra y desenvainó su enorme espada Kulvïnnir. Pesada, pero a la vez equilibrada y mortal en manos de un Artista, la espada Kulvïnnir era una hoja temible de más de tres kummen de longitud y cinco lënneks de peso que todo Artista era capaz de manejar con una fluidez envidiable, como si estuviera danzando en el Festival de la Cosecha.
Se ejercito durante tres horas en su salón de combate, con tristes pensamientos en su cabeza. Solo dos cosas eran peores que la muerte para el Artista: morir de viejo y no legar su Ardennür. Fulnnïen pensaba por aquellos días que la segunda de ellas era la que más le preocupaba, ya que debido a su dominio de la Historia sabía que iba a morir de viejo, pues ya no quedaban guerreros que pudieran igualarse a un Artista.
Más de pronto, aquel día se convertiría en un torbellino. Tras ejercitarse con los ejercicios más avanzados de la Historia y guardar su armadura y su temible espada, se dirigió al campo que labraba y con el que se ganaba el sustento para el resto del año. Mientras tiraba del arado, pues su yegua se había muerto de hambre por la escasez reinante, escuchó un desconsolado llanto de una criatura. Dejando de arar se puso alerta, pues un acontecimiento así era poco frecuente para un Artista. La Historia decía que los mejores Artistas se habían encontrado, sin padres, a edad muy temprana, llorando cerca de la casa de otros Artistas.
Corrió, pensando que no podía ser cierto, que estaría hambriento y su madre le estaría a punto de amamantarlo, o que se estaba imaginando cosas, ya que temía no legar su Ardennür. Pero lo que vió en el camino le dejó sin aliento: un bebe, inmaculado, lloraba con fuerza en medio del camino, sin que se viera nadie en las cercanías.
Fulnnïen decidió llevarlo a su casa, y si nadie lo reclamaba en tres días comenzaría a cuidarlo como a un hijo y cuando pudiera andar le enseñaria la Historia y legaría su Ardennür. El destino de Ardennön acababa de cambiar para siempre.
Sin comentarios.