Asedio

El amanecer baño las almenas de la muralla de la fortaleza sitiada mientras Kal’maroth miraba fijamente a sus enemigos apostados en las altas torres que flanqueaban el portón de entrada de la ciudadela, el único reducto que quedaba por conquistar de Timrael, la capital del Reino Occidental, cuya monarca Tin’uriel se sentaba en un trono de plata y diamante según decían las leyendas.

Pues aquella ciudadela era el último bastión de la raza elvárdica de Ankrein, el continente más septentrional del mundo conocido. Los Elvar, una raza otrora orgullosa habían menguado en número después de la Caída, la última gran batalla entre hombres y Elvar. Los Llanos de la Gran Congoja, Ailin’urithiel en elvárdico, aún seguían teñidos con la sangre de todos los que allí habían caído hacía más de dos siglos.

Kal’maroth afiló sus espadas, y comprobó el veneno de sus temibles dagas, forjadas por los enanos en Kurthagar, pues ardía en deseos de entrar en combate y matar a sus enemigos – “Esos asquerosos hijos de perra de los Elvar” – pensaba mientras olisqueaba el aire en pos de esa elusiva esencia que era la Victoria – “Mataron a mi mujer y a mis dos hijas, lo mejor que tenía en mi vida y, tal como juré, me cobraré mi venganza” – se dijo mientras envainaba sus dagas en unas vainas especiales que permitían extraerlas rápidamente en combate.

Las trompetas sonaron y la infantería, comandada por el Rey Kal’anarioth formó delante de la puerta de la ciudadela. Un día más iban a intentar tomar la fortaleza por la fuerza. Un día más, gente honrada iba a morir.

La carga comenzó instantes después, a una señal del monarca. Kal’maroth desenfundó sus espadas y se dispuso a correr hacia la torre de asedio más cercana. – “Tengo que llegar a la muralla con vida” – se decía mientras resollaba por el esfuerzo de correr totalmente enfundado en su armadura de acero – “Tengo que llegar y acabar con tantos Elvar cómo pueda” – se repetía una y otra vez, como si fuera un mantra. La fuerza que la venganza le daba le permitió llegar vivo a la torre de asedio, con la sangre de sus compañeros caídos resbalando por su negra armadura.

Ascendió la escalera interior, protegida por una gruesa capa de acero reforzado, regalo de los enanos, a modo de ofrenda de amistad y de petición de disculpas por no poder llegar a la batalla. De un salto salió a la parte superior de la torre dónde sus deseos se hicieron realidad al hundir la espada que sostenía con la mano derecha en la carne de uno de sus enemigos.

El fragor de la batalla hizo que el poderoso guerrero perdiese la noción del tiempo. Sólo vivía para asestar mandobles y estocadas que segaban la vida de incontables enemigos. Las horas pasaban en lo alto de la muralla sin que la batalla se decantase por un bando u otro y Kal’maroth comenzó a ver que la batalla no iba a terminar bien para su bando. Los Elvar, aunque ampliamente superados en número luchaban con la fuerza y la velocidad de diez hombres. También con la destreza de veinte o más. Uno a uno los valerosos soldados fueron cayendo en la muralla y pronto Kal’maroth, el más valiente y hábil con las armas de todos ellos fue el único que resistía el embate Elvar.

Dos enemigos comenzaron a hostigarlo cerca de las almenas. A su espalda, la torre de asedio ardía con un fuego mágico, invocado por los hechiceros que se refugiaban en la torre central de la ciudadela, cortando así la posible huida de Kal’maroth. De pronto, su defensa falló y la espada de un enemigo cayó sobre él, haciendole perder dos dedos de la mano derecha. Se revolvió como un animal acorralado, gritando de dolor, y realizó una última y desesperada carga.

- “Mi amor, pronto estaré contigo” – susurró frente a sus enemigos. Aquellas serían sus últimas palabras.

05
sep 2011
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Relatos

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