La vida da muchas vueltas, y mi intención de abandonarla solo es una más de ellas. Por eso digo el consabido ¡Adios mundo cruel! con alegría en mi corazón.
El tiempo se detiene mientras el viento parece amenazar la existencia de mi bella competidora. Me inclino hacia delante en un movimiento no demasiado brusco para no llamar su atención, para poder estar más cerca de sus piernas.
Ella vacila, lo noto. No quiere hacerlo. Ha subido ahí para demostrar al mundo que es importante y no ha conseguido una mierda, pero aún así no quiere hacerlo.
Las palabras vuelven a brotar de mi boca sin yo proponérmelo: ¿Por qué no bajas de ahí y hablas conmigo? – le digo con la voz más tranquila que puedo poner en semejantes circunstancias.
Me mira incrédula, como si se preguntase qué demonios me podía haber llevado a preguntarle eso otra vez, pero a la vez me acaricia con esos ojos enmarcados en negras pestañas, como diciendome “Ayudame, por favor…”.
Me estremezco. Nunca nadie me ha mirado de esa forma, como suplicándome que haga algo, como invitandome a continuar… Ella nota mi estremecimiento y sonrie, y en ese momento es como si en el cielo gris hubiera aparecido una estrella aún más brillante que el Sol.
¿Qué carajo me está pasando? Lo tenía todo tan claro… Pero mi bella competidora ha hecho que todo mi mundo cambie en lo que dura un parpadeo y ahora no puedo abandonarla a su suerte.
- Ven aquí y hablamos - repito con cara de imbecil, ya que era la tercera vez que le decía lo mismo, pero de imbecil esperanzado…
Cuan grata es mi sorpresa cuando esa chica da un paso hacia mi, se acerca y extiende su mano para que la ayude a bajar de la cornisa, cosa que hago encantado. Cuando me toca es como si mi mano se hubiera sumergido en un cúmulo eléctrico, mi ser siente que es ahí dónde debe estar… ¡¡Maldita sea!! ¿Qué me pasa? Es imposible… No, no he podido hacerlo… Pero…
Me centro en su cara, mientras ella vuelve a sonreir, como si notase la marejada de mi mar interior, como si supiera como me he sentido al tocarla. ¿Será que sabe que efecto tiene en los hombres? ¿O el efecto es sólo en mi?
- Hablemos entonces – me dice, y una linda carcajada se escapa entre sus labios, haciendo que me sienta… distinto.
