La noche que lo cambió todo

Aquella noche perdurará en mi memoria. Aquella noche es la que me mantiene con vida. Aquella noche es la que lo cambió todo.

Muchos siglos atrás, cuando los elfos aún no habíamos perdido nuestra inmortalidad y yo aún era un joven brote que se esforzaba por medrar en los estudios druídicos, mi familia vivía en una casita a las afueras de Darnasus, lo suficientemente lejos de la bulliciosa ciudad como para vivir tranquilos y relajados.

El sueño de mis padres era tener un hijo druida y para ello fui criado y preparado durante mi infancia y mi juventud, unos doscientos años mortales. Los estudios se me hacían duros y las pruebas aún más.

Pronto quedó claro que yo no disponía del don de la magia, y por lo tanto fui expulsado de la escuela druídica por el gran archidruida. Mi padre no supo afrontar el golpe que eso supuso y se marchó para jamás volver.

A mi madre eso le rompió el alma, pero pasaron pocos años mortales, quizá un par de décadas, cuando conoció al que fuera su último compañero.

Conviviendo con el mi madre fue feliz, pero yo me fuí recluyendo en mi mundo más y más hasta que no sabía casi nada de mi familia. Mi padre perdido por Azeroth y mi madre… bueno, mi madre feliz con su compañero.

Un par de años más tarde vino al mundo la razón por la que yo me reconcilié con mi madre. Mi hermana Maerwën. Era todo lo que yo no había podido ser. Una estudiante magnífica, llego a druida en un tiempo muy breve. Tan breve que el último elfo que realizó tal proeza lo había hecho hace novecientos años.

Fue ella, quien vino una noche apacible a mi pequeña casita en Auberdine para hablarme de mamá.

- ¿Es esta la casa de Aer’laith? – preguntó con una mirada inocente.

Hacía más de un siglo que no usaba mi nombre de nacimiento, pues creía que había sido deshonrado y rechazado por mi familia. Por esa razón había cambiado mi nombre a Aerdirnaith, que quiere decir “el Desdichado” en la lengua común.

– ¿Quién lo pregunta? – contesté de muy malos modos.
– Soy Maer’äen – contestó

En ese momento titubee, pues recordé la carta que Madre me había mandado décadas atrás avisandome del nacimiento de mi hermana Maer’äen, a cuya celebración no acudí.

– Soy tu hermana, Aer – dijo muy segura de si misma. – Suponiendo claro que seas Aer’laith, a quien hoy en día se le conoce como Aerdirnaith – susurró sonriendo.

– Aerdirnaith es mi nombre – contesté sorprendido de que ella hubiera venido a verme, pues yo no sabía nada más de ella que la fecha de su nacimiento, el día 24 de Enero – ¿qué quieres de mí? - pregunté

- Solo quiero conocerte, hermanito – me dijo afectuosamente y no pude hacer nada más que sonreir.

Hermanito, me llamó aquella primera noche en la que nos conocimos. Aquella noche en la que tras horas de conversación llegué a amar a parte de mi familia de nuevo.

Años más tarde sucedió lo que marcaría mi vida para bien o para mal. Poco después del gran desastre, en el que los elfos perdimos la inmortalidad, Darnasus fue asaltada por unos médicos brujos trol, o al menos eso me dijeron, mientras yo volvía de la batalla, fatigado pero a la vez esperanzado por encontrarme con Maer’äen.

Corrí como nunca había corrido para encontrarme con el aciago destino. Mi madre y su compañero habían sido brutalmente asesinados y de mi hermana no había ni rastro.

Aquella noche cambió mi vida. Aquella noche me dió la voluntad para abrazar el arte del asesinato y convertirme en el mejor de los asesinos. Aquella noche fue la que hizo de mi el pícaro que soy ahora.

Ahora, busco entre las sombras. Busco médicos brujo trol. Los interrogo y después los mato, con odio, con ira. Cada vez tengo menos esperanzas de encontrar a mi hermana…

Un momento… se oyen unos ruidos ahí detras de esos matorrales. Desenfundo mis dagas y me preparo para recibir al enemigo, me mezclo con las sombras, y me preparo para atacar.

De repente una draenei aparece huyendo de unos trols. Salto desde mi escondite y con velocidad me deshago de ellos. Saqueo sus cuerpos, pero no encuentro nada interesante. Nada que me ayude a encontrar a mi hermana.

De repente oigo una tosecita, y una voz con un marcado acento me dice:

– Hola elfo de la noche, mi nombre es Kataplasma. ¿A quién tengo que agradecer el haberme salvado de estos trols? –

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