Erase esa vez esa cabestra, Sade. Sade cecea:
- “¿Zaca cerda?”.
- “Sade ve a casa de Cesar”.
- “¿Cerveza cabeza refrezca?”
- “Sabes de cerca deseca”.
Recadera reza. Saca vesta recatada. Trae secadera travesera. Cae tras casa. Casada fresca se recrea detrás de esa casa. Sade esta cabreada.
- “¡Caete dezde casa!”
- “Sade vete, fresca”
Sade ve esa vesta ratera. Casada cree Sade cadera recta. Sade se cabrea.
Cae esa casada. Sade cree esta “catastrada”. Casada fresca sabe cadera recta, se va de detras de casa.
Sade saca cerda desde casa de Cesar. Es tarde, Sade se va a casa.
Pequeña historia escrita tan solo con las letras disponibles tecleando solamente con el dedo anular de la mano izquierda. Tiene merito ehhhhh!?!?!?!?!?
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín
flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las
más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino
de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto
della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus
pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de
lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina
que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba
el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los
cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro;
gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre
de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que
deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que
se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la
narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso
(que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición
y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración
de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas
hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que
leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos
le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque
la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían
de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío,
donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi
razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de
la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de
vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora
del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes
razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas,
y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo
Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas
que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros
que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno
de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su
libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino
deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete;
y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estorbaran.
Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto
graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra
o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno
llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don
Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para
todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que
en lo de la valentía no le iba en zaga
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las
noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del
poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder
el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de
encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros,
amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación
que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía,
que para él no había otra historia más cierta en el mundo.
Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no
tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés
había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con
Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado,
valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la
Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con
ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él
solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de
Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba,
y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según
dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón,
al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.